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sábado, 5 de marzo de 2011

Sexualidad y Revolución

 

La calificación de perversidad polimorfa que Freud da a la libido infantil-referida a la indiscriminación del bebé para gozar de su cuerpo y del de los demás- es también aceptada por estudiosos de más recientes promociones como Norman O. Brown y Herbert Marcuse. La diferencia de éstos con Freud, ya apuntada, consiste en que Freud considera positivo que la libido se sublimice en parte y se canalice exclusivamente por vías exclusivamente heterosexuales, y definidamente genitales, mientras que los pensadores más recientes consideran y hasta propician un regreso a la perversidad polimorfa y a la erotización más allá de la sexualidad meramente genital.
De todos modos, la civilización occidental, afirma Fenichel, impone a la niña o al niño los modelos de su madre o su padre, respectivamente, como únicas identidades sexuales posibles. La probabilidad de orientación homosexual, según Fenichel, es tanto mayor cuanto más se identifique la criatura con el progenitor del sexo opuesto, en vez de acontecer lo común. La niña que no halla satisfactorio el modelo propuesto por su madre, y el niño que no halla satisfactorio el modelo propuesto por su padre, estarían entonces expuestos a la homosexualidad.
Aquí es conveniente señalar los trabajos recientes de la doctora danesa Anneli Taube, como Sexualidad y revolución, donde expresa que el rechazo que un niño puede experimentar con respecto a un padre opresor -símbolo de la actitud masculina autoritaria y violenta-, es de naturaleza consciente. El niño, en el momento que decide no adherirse al mundo que le propone ese padre -la práctica con armas, los deportes violentamente competitivos, el desprecio de la sensibilidad como atributo femenino, etc., está tomando una determinación libre, y más aún, revolucionaria, puesto que rechaza el rol de más fuerte, del explotador. Ahora bien, ese niño no podrá vislumbrar en cambio que la civilización occidental, aparte del mundo del padre, no le proporcionará otro modelo de conducta, en esos primeros años peligrosamente decisivos-de los 3 a los 5 años sobre todo- que el de su madre. El mundo de la madre-la ternura, la tolerancia, las artes- le resultará mucho más atractivo, sobretodo por la ausencia de agresividad; pero el mundo de su madre, y aquí es donde la intuición del niño fallaría, es también el de la sumisión, puesto que ella forma pareja con un hombre autoritario, el cual sólo concibe la unión conyugal como una subordinación de la mujer al hombre. En el caso de la niña que decide no adherirse al mundo de la madre, la actitud se debe en cambio a que rechaza el rol de la sometida, porque lo intuye humillante y antinatural, sin imaginar que excluido ese rol, la civilización occidental no le propondrá otro que el de opresor. Pero el acto de rebelión de esa niña y ese niño resultaría una muestra de valentía y dignidad indiscutible.
La doctora Taube se pregunta por otra parte, por qué este desenlace no es más corriente aún, siendo la pareja occidental, en general, un exponente de explotación. Aquí introduce dos elementos que juegan como amortiguadores: el primero se presentaría cuando en un hogar la esposa es-por falta de educación, de inteligencia, etc.-realmente inferior al esposo, lo cual haría parecer mas justificable la autoridad incontestada de aquél; el segundo elemento estaría constituido por el tardío desarrollo de la inteligencia y sensibilidad del niño o niña, lo cual no le permitiría captar la situación. En esta observación está implícito que si por el contrario en un hogar el padre es muy primitivo y la madre muy refinada pero sometida, el niño muy sensible y precozmente inteligente casi por fuerza elegirá el modelo materno. Y respectivamente, la niña lo rechazará por arbitrario.
En cuanto al interrogante de por qué en un mismo hogar se dan hijos homosexuales y heterosexuales, la doctora Taube dice que en toda célula social se tiende al reparto de roles, y así resultaría que uno de los hijos se haría cargo del conflicto de los padres y dejaría a los hermanos dentro de un cuadro ya algo neutralizado.
Ahora bien la doctora Taube, después de valorizar el motor primero de la homosexualidad y señalar su característica de inconformismo revolucionario, observa que la ausencia de otros modelos de conducta - y en esto coincide con Altman y su tesis sobre lo poco común de la práctica bisexual en razón de la falta de modelos de conducta bisexual a la vista - hace que el futuro homosexual varón, por ejemplo, después de rechazar los defectos del padre represor, se sienta angustiado por la necesidad de identificación con alguna forma de conducta y "aprenda" a ser sometido como su madre. El proceso de la niña sería el mismo, reniega de la explotación y por eso odia ser como su madre sometida, pero las presiones sociales hacen que poco a poco "aprenda" otro rol, el de su padre represor.
Desde los 5 años hasta la adolescencia se produce en estos niños y niñas "diferentes" un oscilar de su bisexualidad original. Pero, por ejemplo, la niña "masculinizada" por su identificación con el padre, aunque se sienta atraída sexualmente por un varón, no aceptará el rol de muñeca pasiva que le impondrá un varón convencional, se sentirá incómoda y cultivará como único modo de superar su angustia, un rol diferente que sólo admitirá juego con mujeres; en cuanto al niño "feminizado" por su identificación con la madre, aunque se sienta sexualmente atraído por una niña, no aceptará el rol de asaltante intrépido que le impondrá una hembra convencional, se sentirá incómodo y cultivará un rol diferente que sólo admitirá juego con hombres.
Anneli Taube interpreta así la actitud imitativa practicada hasta hace poco por los homosexuales en alto porcentaje, actitud imitativa ante todo de los defectos de la heterosexualidad. Era característica de los homosexuales varones el espíritu sumiso, conservador, amante a toda costa de la paz, sobre todo a coste de la perpetuación de su propia marginación, mientras que era característica de las mujeres homosexuales su espíritu anárquico, violentamente disconforme, aunque básicamente desorganizado. Pero ambas actitudes resultaban no deliberadas, sino compulsivas, impuestas por un lento lavado cerebral en el que intervenían los modelos de conducta heterosexual burgueses, durante infancia y adolescencia, y posteriormente, al asumir la homosexualidad, los modelos "burgueses" de homosexualidad.
Este prejuicio, u observación justa, sobre los homosexuales, hizo que se los marginara en movimientos de liberación de clases y en general en toda acción política. Es notorio la desconfianza de los países socialistas por los homosexuales. Mucho de esto - afortunadamente, acota la doctora Taube -, empezó a cambiar en la década de los sesenta, con la irrupción del movimiento de liberación femenina, ya que el consiguiente enjuiciamiento de los roles "hombre fuerte" y "mujer débil" desprestigió ante los ojos de los marginados sexuales esos modelos tan inalcanzables como tenazmente imitados.
La posterior formación de frentes de liberación homosexual sería una prueba de ello.


Referencia: Origen de la homosexualidad
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